Sig Ragga @ Ciudad Cultural Konex | 10.12.17

Es una calurosa tarde de verano en Buenos Aires. El sol está comenzando a esconderse, pero el cemento se encarga de mantener la temperatura un rato más. Sig Ragga, la banda formada por Gustavo “Tavo” Cortés (voz y teclados), Ricardo “Pepo” Cortés (batería y coros), Juan José Casals (bajo) y Nicolás González (guitarra y coros), aterrizará en el Patio del Konex para despedir el año junto a su público de Capital Federal.

No hay nada en sus shows que no esté pensado en pos de creer una mística especial, y esto empieza desde sus propios cuerpos. Vestidos de blanco, pintados de plateado, a modo de marcar una diferencia sustancial con lo que los rodea y reflejar fielmente las luces que los alumbrarán.

Este paréntesis espacio-temporal se abre con “Orquesta En Descomposición”, tema del primer disco, y parece que el público se hubiera conectado automáticamente con la frecuencia de este viaje. Las visuales son, como siempre, parte importante del despliegue, volviéndolo una experiencia estética más que un recital.

“Quise Ser” se lleva todos los aplausos, pero la gente comienza a moverse un poco más en “Puntilla If Kaffa”; tema cuya letra está escrita totalmente en un idioma inventado. “La Promesa”, llegará para inaugurar otro momento en este show, donde las visuales dejan de ser las imágenes coloridas clásicas del grupo para dar lugar a un video de una niña con un manto (que parecen partes del videoclip “Lo que has hecho siempre: quererme“, o mínimamente sigue esa línea), que se extenderá también en “Antonia”.

Pronto sonarán los primeros acordes de “En El Infinito”. El público, al descubrir de qué tema se trata, festeja, expresa en un grito conjunto su alegría y se mueve siguiendo la cadencia de la canción. Es uno de los momentos más lindos de la noche. Los colores lo inundan todo, entre las luces y las proyecciones: es como estar adentro de un caleidoscopio. Tavo deja el teclado para dedicarse a cantar y le encarga a lxs asistentes el estribillo: “Amor, amor, amor, amor…”. Emociona. Nuevamente, la euforia en los aplausos y el agite, el canto de hinchada les saca sonrisas a los músicos, que intentan mantenerse serios pero no pueden.

Deberán atravesar algunos problemas técnicos durante el show, pero a quienes han ido a escucharlos no parece afectarles. El público vibra con una energía particular, muy en sintonía con lo que sucede en el escenario. El entusiasmo es contagioso. El mood es bien reggae, pero hay algo de otro orden que también puede sentirse. Quizás la poesía de las letras, o ese toque aniñado que transmiten. Pero ojo, porque no es en un mal sentido. Es como si capturaran algo de la esencia del niño, la capacidad de asombro infinita, la emoción sincera y pura, y eso atravesara todo. Quizás lo más especial es que eso nos conecta con algo profundo y casi originario, que se mueve adentro y reluce, con nuestrx propix niñx interior. A veces pienso que ese halo de luz que los envuelve se los manda Spinetta, que desde arriba sonríe y reaviva la magia.

El próximo tema es “Severino Di Giovanni”, donde la gente acompaña bailando y tarareando las partes instrumentales. El teclado es todo en este tema, y nuevamente el Konex desborda de aplausos emocionados. Está anocheciendo y las luces de colores, que se van adaptando al humor de las canciones, se aprecian mucho más en estos momentos. Todo se vuelve azul en “Un Grito Impotente” y los efectos tienen un tinte galáctico, en consonancia con los gritos que se escuchan en las pausas entre los temas: “¿De qué planeta viniste?”.

“Continuidad De Lo Indecible” nos trae toda su poesía y el público canta unos cuantos versos. Sigue “Chaplin” y es íntegramente precioso. Te transporta a un mundo de fantasía, al interior de una cajita de música. Las visuales son bellísimas y se profundiza el aspecto multisensorial de la experiencia.

El tinte más reggae vuelve con “Girasoles”, luego “El Niño Del Jinete Rojo” y “Ángeles Y Serafines”. Pasamos de un momento más alegre y movido a visuales más oscuras, correspondiéndose con esta “falta de sentido insoportable” de la que habla la última canción. En este mismo tono, “Pensando”, con su magia melancólica. En el momento instrumental, Tavo gatea por el escenario, se pone en cuclillas y eleva sus brazos al cielo. Sin embargo, no se percibe como algo bizarro; el ambiente que crean parece dar lugar a la inversión de algunas leyes, a que las posibilidades se amplíen.

Con “Tamate” vuelven el color y las luces alegres, y en “Arlequín” las expresiones son exageradas, casi como hacemos a veces al hablarle a lxs niñxs. En esta misma línea, “Matata”, con cierto tono tétrico por momentos, es el tema clásico que abre el pogo, con el que parece que van a despedirse. El público continúa saltando aún terminado el tema y pide otra. La banda vuelve a entrar para interpretar “Feliz” y dar por terminado el show. Ahora sí, el paréntesis se cierra con una pista instrumental que quedará sonando mientras nos retiramos, hasta la próxima vez.

Crónica: Guadalupe Romero
Fotos: Jesica Cabrera

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